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Recuerdo dos casos de suicidio frustrado que guardan entre sí una sorprendente semejanza. Los dos prisioneros habian manifestado sus intenciones de suicidarse; ambos aducían el típico argumento del campo de concentración: ya no esperaban nada de la vida. La terapia, según lo expuesto con anterioridad, consistía en hacerles comprender que la vida sí esperaba algo de ellos.

A uno de ellos le esperaba en el extranjero su hijo, un hijo al que adoraba. En el otro caso no se trataba de una persona sino de una cosa: su obra! Era un científico que había iniciado la publicación de una colección de libros aún por concluir. Nadie más que él podía acabar ese trabajo, igual que nadie podía reemplazar al padre en el cariño a su hijo.

Esta unicidad y singularidad que diferencian a cada individuo, y confieren un sentido a su existencia, se fundamenta en su trabajo creador y en su capacidad de amar. Cuando se acepta a la persona como un ser irrepetile, insustituible, entonces surge en toda su trascendencia la responsabilidad que el hombre asume ante el sentido de su existencia. Un hombre consciente de su responsabilidad ante otro ser humano que lo aguarda con todo su corazón, o ante una obra sin concluir, jamás podrá tirar su vida por la borda. 

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El hombre en busca de sentido – Viktor Frankl

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